LA NUEVA AGENDA DE LAS CIENCIAS SOCIALES - Argentina
(22/06/03)
Con los ojos en la protesta
Como nunca antes, y a menudo con financiamiento del exterior, numerosos sociólogos y antropólogos se embarcan en el estudio de los nuevos movimientos sociales, surgidos al calor del gran derrumbe del 2001.
Tras el colapso de diciembre/2001 el país se ha convertido en una especie de laboratorio a cielo abierto de nuevas formas de organización y movilización social. Algunas de esas expresiones fueron hijas del crack económico y político, como los cacerolazos, salidos del repertorio mediático de protestas antimenemistas de los mismos integrantes de la fallida Alianza. El fracaso de Fernando de la Rúa abonó, antes y después de su desplome, una variedad de novedosos posicionamientos y respuestas a la catástrofe. Una mirada rápida abarcaría la cooperativización de cartoneros, la resistencia de inquilinos y desalojados, la agrupación de ahorristas, la explosión y desvanecimiento del trueque, las asambleas barriales... y otra cantidad de experiencias de auto-organización de más larga data, pero que aumentaron su protagonismo desde entonces: comedores comunitarios, productores agropecuarios, campesinos y piqueteros…
Quizá el saldo más interesante de estos tiempos agitados es el impacto que han tenido hacia el interior de la comunidad intelectual y académica. Como nunca desde los 70 se dan profundas discusiones ideológicas, éticas y políticas que superan las diferencias de método. Eco de la movilización universitaria de entonces, es hoy el fuerte compromiso de estudiantes e investigadores con los sectores populares. Como hace tres décadas, son los más jóvenes quienes fluctúan entre la mirada celebratoria y el compromiso total, cuyo paradigma es el Colectivo Situaciones, responsable, junto con el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Solano, de los libros La hipótesis 891. Más allá de los piquetes y 19 y 20. Hipótesis para un nuevo protagonismo social (publicado por De mano en mano).
Como en los 70, y actualizado desde el ataque de EE.UU. a Irak, reaparece el problema del financiamiento de las investigaciones (a riesgo de simplificación excesiva podría resumirse en: ¿Es legítimo investigar a los excluidos con el dinero del sistema que los excluye, aportado por fundaciones y universidades del Primer Mundo?). Pero el centro de la discusión es la profesionalización de los cientistas sociales o, en otras palabras, el papel de los intelectuales. Acorralados durante los 90 entre el análisis de los efectos de la disolución social o los altos honorarios pagados por las consultorías privadas, los sociólogos, antropólogos y politólogos vuelven a pensar en términos de construcción.
Entre los equipos de investigadores de la protesta social de todo el país se distingue la trayectoria y el peso de algunos:
—el Grupo de Estudios Rurales que dirige la socióloga Norma Giarracca con sede en el Instituto Gino Germani, que sigue desde hace varios años la protesta en el interior del país. Sobre esto sacó —en pleno diciembre de 2001— el libro Protesta social en la Argentina (Alianza). Ahora indagan en distintas provincias sobre los efectos del colapso general.
— el de estudios étnicos y aborígenes, que la antropóloga Claudia Briones desarrolla en la UBA junto con investigadores de la Universidad del Comahue.
— el de la socióloga Maristella Svampa (Universidad de General Sarmiento), concentrado en el estudio de los movimientos piqueteros de todo el país y que edita ahora el trabajo más exhaustivo sobre el tema: Entre la ruta y el barrio: la experiencia de las organizaciones piqueteras (Biblos) en coautoría con Sebastián Pereyra.
— el del antropólogo Alejandro Grimson en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) sobre "Fronteras, neoliberalismo y protesta en Buenos Aires".
— el de Héctor Palomino y Graciela Di Marco, de la Universidad Nacional de San Martín (UNSM), un estudio sobre las fábricas tomadas. Y, por último:
— el del politólogo Federico Schuster (actual decano de la Facultad de Sociales, UBA) y Germán Pérez quienes, en el marco del IGG, trabajan en el análisis sociopolítico de la acción colectiva.
Superando el enigma coyuntural y la explicación improvisada del sintagma 'protesta y represión', el estudio y seguimiento de estos movimientos sociales convocaron a una nueva camada de investigadores. En ese sentido, los acontecimientos de diciembre 2001, que funcionan como hito político, institucional y hasta biográfico para muchos argentinos, se han constituido en punto de referencia en el estudio de la escalada de la movilización popular.
El renovado interés (donde algunos sólo ven una "moda" que decanta, cuando no el simple oportunismo) no es sólo local. En espejo con nuevo turismo "étnico" para extranjeros politizados que visitan fábricas tomadas y piquetes, hay una cantidad de investigadores que vienen a evaluar el "caso argentino". El país siempre atrajo a los académicos por fenómenos políticos singulares, como el peronismo y las guerrillas urbanas del 70. De hecho, muchos de los textos de referencia en esas áreas (como el Soldados de Perón de Richard Gillespie sobre Montoneros) son de autores extranjeros. Ahora les interesa asistir al fin de un ciclo: la generación de anticuerpos a las recetas neoliberales inauguradas en el 76 por la última dictadura. Ellos, como los argentinos, encuentran coincidencias entre el heterogéneo universo de los piqueteros y la insurgencia zapatista en México o el Movimiento de los Sin Tierra del Brasil. Académicos canadienses, holandeses, franceses, alemanes e ingleses conversaron con sus pares, se llevaron pilas de libros y compraron bancos de datos a consultoras independientes. Enfrascados en sus propias crisis, los latinoamericanos no prestaron mayor atención.
La búsqueda de exégetas de la crisis hizo que los argentinos con vínculos con instituciones extranjeras (es decir, la gran mayoría) hallaran predisposición al financiamiento de sus investigaciones (algo que no reflejan las instituciones académicas nativas) y fueran convocados (formal o informalmente) a exponer sobre las ruinas.
A la vigorosa corriente de documentalistas de la revuelta social, cuyos trabajos pasan del debate en las barriadas a la exhibición en festivales internacionales, se suma una cantidad de títulos publicados en los últimos dos años por antropólogos e historiadores. La discusión se da permanentemente en un número impreciso de foros e incluye a todas las revistas académicas y culturales (vale citar sólo como ejemplo las flamantes ediciones de Sociedad, revista de la Facultad de Sociales, UBA, con su dossier "Argentina desvertebrada" con ensayos de Enrique Marí, E. Grüner, Claudio Martyniuk entre una docena de firmas, o de Argumentos, la publicación electrónica del Gino Germani donde conversan sobre "La protesta social" Rolando Astarita, Giarracca, Inés Izaguirre y Germán Pérez). En paralelo, se han sucedido una serie de jornadas y seminarios impulsados por distintos grupos como el que reunió a investigadores de todo el país en el IDES al cumplirse el primer aniversario del caótico desfallecimiento aliancista.
Pero el polo que reúne de manera más orgánica a estos interlocutores es la Red de Intelectuales Artistas y Académicos (RIAA), cuyo objetivo es ampliar la discusión sobre los "conflictos entre derechos" que plantean las nuevas formas de organización y movilización surgidas de la descomposición social. "Estos conflictos se están resolviendo a través de la pura primacía del derecho de propiedad", advierten. "Esta decisión no sólo no es obvia sino que es muy difícil de sostener a la luz de una estructura constitucional que afirma, al mismo tiempo, un fuerte compromiso con el principio de igualdad". En su primera declaración insisten "en la centralidad del derecho a trabajar; el derecho a unas condiciones dignas y equitativas de labor; el derecho a participar de las ganancias de las empresas; el derecho a controlar la producción; el derecho a colaborar en la dirección de las empresas" que también figuran en la Constitución.
No obstante esta profusión, es llamativo que el estudio de las protestas en América latina y Argentina sea un campo relativamente nuevo. "Dos acontecimientos de la historia reciente del país (la transición democrática de principios de los 80 y las protestas ligadas a la desestabilización económica y social de vastos sectores de la población producida por las políticas neoliberales en los 90) constituyen usinas de movimientos fundamentalmente centrados en instalar el respeto irrestricto de Derechos Humanos conculcados: políticos y civiles en la primera de esas décadas, y también económico-sociales en la segunda", según Claudia Briones. "En los 90 comenzaron algunos estudios del movimiento social de Derechos Humanos (recuerdo los de Isidoro Cheresky, Izaguirre, Sofía Tiscornia, el de la antropóloga estadounidense Julie Taylor), y también comenzó el estudio de la protesta social por parte de gente formada en la filosofía política de la UBA y en la Universidad de Catamarca (Schuster, Adrián Scribano, Cynthia Pizarro)", dice Giarracca. "Hay que reconocer —agrega— una significativa tradición en el estudio del movimiento obrero, con historiadores y sociólogos aunque con otros enfoques, otras teorizaciones". El trabajo interdisciplinario, sin embargo, entró en tensión: "Por haber hecho la experiencia —dice Svampa— pienso que entre académicos provenientes de la sociología y las ciencias políticas, el diálogo entablado fue poco fructífero. Ahí donde la sociología veía, con menor o mayor optimismo, el retorno de la política a las calles, y buscaba analizar alcances y significaciones, una parte de la ciencia política tendía a señalar el peligro inminente de un desborde popular que arrastraría consigo, en una suerte de ímpetu antipolítico, a las instituciones republicanas. Esta posición conservadora reforzó el formalismo institucional desarrollado por la ciencia política en los últimos veinte años, lo cual implicó el rechazo de nuevas herramientas analíticas para leer el alcance de la inflexión".
En cambio, los contactos con otros campos, como la psicología y la historia, fueron más esporádicos. Quizás para compensar la escasa historiografía local sobre el tema, el último número de la revista de historia Entrepasados reprodujo las ponencias del taller interdisciplinario sobre "lo nuevo y lo viejo en la protesta social de la Argentina actual", realizado en la UNSM. En ese rumbo se lee también Cosecharás tu siembra. Notas sobre la rebelión popular argentina de diciembre 2001, del historiador Raúl Fradkin (Prometeo).
El primer aniversario del asesinato de los piqueteros M. Kosteki y D. Santillán en Avellaneda, el jueves, posibilita otro cruce. La poderosa investigación Darío y Maxi. Dignidad piquetera (Ediciones 26 de junio), clara heredera de las narrativas testimoniales de Rodolfo Walsh, desbarata con notable eficacia el intento oficial de criminalizar la protesta y acusar a los mismos piqueteros por sus muertes. En su libro Bandidos, sobre el bandolerismo social que "desafía simultáneamente al orden económico, social y político", Eric Hobsbawm cita un proverbio chino: "Es mejor infringir la ley que morir de hambre".
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