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JOSE SARAMAGO, ACTIVISMO Y NUEVA NOVELA

(07/12/02)





JOSE SARAMAGO, ACTIVISMO Y NUEVA NOVELA
La palabra ideológica

Aunque aprecia su prosa, Sylvia Iparraguirre privilegia aquí al intelectual público. Además, una reseña del libro que eligió lanzar primero en Argentina. El Premio Nobel vendrá en febrero, tras asistir al Foro Social de Porto Alegre.
SYLVIA IPARRAGUIRRE.


TACTICAS COMPROMETIDAS. Saramago defiende causas justas en todos los foros y rara vez habla de libros. También motivó tensas polémicas. En marzo comparó los territorios palestinos con campos de exterminio nazi y recibió una fuerte réplica de Juan Goytisolo.

El otro, el mismo

José Saramago decidió que su última novela —El hombre duplicado— haga su presentación mundial en el cono sur, precisamente en Argentina. Gesto que subrayará llegando a Buenos Aires en las próximas semanas. No es sólo un gesto literario o editorial sino un acercamiento solidario y político; demasiado embotados por la crisis, por el día a día que trae descorazonadoras y crueles noticias, tal vez este hecho pase inadvertido.

Saramago es un hombre, un escritor, que sabe lo que sucede en América latina, opina sobre esta situación y actúa en consecuencia. Sin embargo, en la historia del autor portugués, poner el cuerpo no es un hecho ni reciente ni aislado. A partir de 1998, año en que recibió el Premio Nobel, no ha dejado de dar su opinión y de estar en los lugares más críticos. Lo venía haciendo desde mucho tiempo atrás, pero el prestigio del Nobel le permitió acceder a foros internacionales de discusión y a tensos intercambios verbales con gobiernos de distintos países, incluso el suyo, que fueron multiplicando el alcance de sus palabras. Estuvo en Chiapas, con su mujer Pilar del Río; estuvo en Medio Oriente, donde sus declaraciones desataron una tormenta de comentarios y donde se lo acusó de "caer en la trampa de la propaganda barata palestina", a lo que contestó: "Prefiero la propaganda barata de los palestinos a la propaganda cara de Israel". Saramago no solamente incomoda a sectores políticos, sino también a economistas indignados por la visión destructiva de la sociedad neoliberal que plantea en su novela La caverna: Carlos Rodríguez Braun, economista argentino que reside en Madrid, denostando este libro, juzga a la sociedad capitalista como "más democrática, justa, libre, tolerante, abierta, limpia y próspera" y, refiriéndose al autor, habla de su "habitual lagrimeo sobre la penosa situación de los derechos humanos en el mundo", en un juicio que no admite ni siquiera comentarios. Lo que señalo es que Saramago, cumplidos los ochenta años, sigue molestando.

Este novelista, que ha expresado cuánto le gustaría encontrarse con Voltaire para darle la razón sobre su escéptica opinión del género humano, es a su vez un escéptico que cree que "sólo siendo pesimista se puede ser revolucionario", alguien convencido de que, a pesar de todo, vale la pena ponerse al lado de los que no tienen nada. Alguien que considera que el planeta así no da para más, y lo dice. Dice: "la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos del planeta"; dice: "No podemos hablar de democracia si gobierna el poder financiero". Dice: "Los ciudadanos pueden quitar un gobierno y poner otro, pero lo que no podemos hacer es quitar una multinacional porque nos moleste o esté causando daño, y el problema es que nos comportamos como si viviéramos en un mundo democrático".

Más allá de la posesión de su legendario carnet del Partido Comunista portugués que conserva desde 1969, Saramago se define como alguien visceralmente independiente, que está en su partido no como instrumento de él, sino como ciudadano libre. Para aquellos que doce años después de la caída del muro siguen temiendo que alguien agite el viejo fantasma, el autor de Memorial del convento, de manera desagradable y chocante, continúa hablando de la miseria y el hambre en América latina, de la riqueza insultante, indiferente y ostentosa de los países ricos, del poder hegemónico de la potencia que domina el escenario mundial, de la sociedad groseramente consumista y de su emblema, el shopping. Habla, indignado, aunque calmo y seguro, desde una ideología. Pero no, trivialmente, desde la ideología comunista que muchos le achacan para ponerlo en lugar común de lo fenecido y obsoleto.

La palabra ideología, como tantas otras, se ha vaciado de sentido. O ha quedado limitada a su significación más estrecha de ideología política. Sin embargo, el significado de "ideología" es mucho más extenso, va más allá de la adscripción a un determinado partido político y señala la atmósfera de valores a partir de la cual una persona ha construido su visión general del mundo. Entramado conceptual que recibimos, comprendemos, y reelaboramos a partir del lenguaje. De modo tal que es imposible no tener ideología ya que tenemos lenguaje. Incluso quienes se ufanan de no tener ideología la tienen de una manera evidente. Elegimos aquellas palabras que nos constituyen y que indican, a los demás, el lugar desde el cual hablamos. José Saramago es dueño de sus palabras, no sólo en un sentido estético como el gran escritor que es, sino porque su racionalidad, en un contexto que deprecia y desprecia la reflexión, cobra una extensa dimensión ideológica: la misma que lo lleva a recuperar el mundo campesino de sus abuelos analfabetos y alzarlo ante el ceremonial del Nobel, la que lo hace definir la sabiduría como "el respeto del otro, la capacidad de entender lo que es distinto y todo aquellos que a uno lo hace sentir que pertenece a algo que nos contiene a todos, a la comunidad humana". No defiende un régimen totalitario, que repudia; señala lo que cualquier persona mínimamente honesta no puede dejar de ver hoy, por ejemplo, en un país como el nuestro.

La vieja pregunta de para qué sirve un intelectual, que se extiende a su cuestionada función, al peso dudoso de su hacer en la sociedad, se responde, ejemplarmente, en la persona de este escritor amante de Camoens, Kafka y Pessoa. La actitud de Saramago podría parecerse quizás a aquella que llevó a Tolstoi a darle como título a uno de sus libros No puedo callarme. Hay verdades que exigen ser dichas, repetidas, a veces gritadas, y José Saramago pertenece a esa clase de escritores que, felizmente, no pueden callarse.

Sylvia Iparraguirre es narradora. Su última novela es La tierra del fuego.


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