Guerra Eterna - Manuel CASTELLS
(16/03/03)
El ataque a Irak inaugura un nuevo tipo de guerra regida por la potencia tecnológica y la capacidad de influir en la opinión pública. El campo de batalla será el de los medios.
Sólo un cambio de régimen en Irak podría evitar la guerra. El derrocamiento de Saddam Hussein ha sido el objetivo de Bush desde el 12 de setiembre del 2001, y las cambiantes peticiones de desarme son simplemente el método para disminuir el costo político de la operación. Incluso un exilio de Saddam no evitaría una ocupación temporal de Irak por tropas americanas y británicas para desmantelar lo que queda del potencial militar iraquí y asegurar el orden y el petróleo.
En cualquier caso, la campaña de Irak es el inicio de un largo proceso de reorganización geopolítica mundial, dirigido a garantizar la seguridad de EE.UU. y sus aliados frente a las redes terroristas, las revueltas sociales y los estados capaces de desarrollar y transferir armas de destrucción masiva que no se sitúan en la esfera de influencia estadounidense. En esa nueva guerra, para los aficionados no será fácil poner banderas en un mapa. Porque la guerra del siglo XXI depende de dos armas: la capacidad tecnológica y la de influenciar a la opinión pública. EE.UU. y sus adláteres tienen supremacía en la primera, pero están perdiendo la batalla entre la gente. Saddam no tiene ni una ni otra.
La guerra que se inicia es pues un conflicto entre una tecnología militar al servicio de una doctrina de seguridad y la oposición popular mundial a esa estrategia política. Pero esa oposición tiene elementos contradictorios. El primero son las redes terroristas globales, para las que Al Qaeda es más un símbolo de identificación. El segundo es la revuelta latente del mundo islámico, reaccionando a la humillación de la ilegal ocupación israelí de Palestina y cuya indignación con sus propios gobernantes en caso de invasión de Irak puede ser difícil de contener. El tercero es la opinión pública mundial, en particular en Europa y EE.UU., que puede movilizarse contra una guerra unilateral.
El principal campo de batalla son los medios de comunicación, y el objetivo final, la traducción de los estados de opinión en la opinión de los Estados. Quién ganará ese objetivo dependerá de la importancia de los posibles atentados terroristas, de la magnitud de las masacres de civiles en Irak y de la rapidez con que se ocupe Bagdad, puesto que una guerra relámpago relanzaría la economía. Estos son datos de una guerra que sabemos cómo empieza, pero no adónde conduce.
M. Castells es profesor de Berkeley y autor de la trilogía La era de la información: economía, sociedad y cultura. (c) La Vanguardia y Clarín.
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