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Aproximación al "Nuevo Comienzo" : el fenómeno Chavez
AUTOR: Alfredo Ramos Jiménez
Venezuela vive actualmente una etapa de transición. Una etapa de transición posdemocrática. Observando los escenarios del futuro, debemos proyectar lo que sucede en el presente. Son tiempos de incertidumbre y las "lecciones del pasado" o la "memoria histórica" nos sirven menos hoy en día para dar cuenta de lo que está ocurriendo. En estas notas me propongo una aproximación a las líneas de desarrollo político reciente a fin de establecer la "lógica" estructural que, al parecer se ha impuesto en lo que se ha dado en llamar el "proceso constituyente venezolano"
¿Por qué nuevo comienzo?
El proceso constituyente forma parte definitiva de una estrategia política que para sus promotores debía impulsar una serie de cambios institucionales orientados hacia la sustitución de las tradicionales formas (partidistas) de hacer política por formas alternativas que se apoyarían sobre bases políticas más firmes y duraderas. En concreto, tratase de un sistema de ideas y actitudes (ideología) que, identificando a un conjunto diferenciado de actores emergentes, se propone como la "nueva" propuesta que habría de conducir un voluntarista "volver a empezar" en el que encontraría su lugar un vasto sector social desencantado con la "democracia bipartidista" que se encontraba viviendo un declive profundo
Admitamos que conjuntamente con la búsqueda del consentimiento popular, el chavismo se propuso desde el principio alimentar su discurso con unos cuantos recursos moralistas que le daban a la "tarea común" bien determinados ingredientes metapolíticos, sin precedentes en la política venezolana del siglo XX.
Así, comenzaría a tomar cuerpo en la sociedad un gran rechazo de la política tradicioal y de sus instituciones. Ello se traduce en un voluntarioso "hacer del pasado mesa limpia" que aparece en el candidato Chávez como el argumento movilizador de los "nuevos tiempos", tiempos de "refundación de la república", de la V República. De modo tal que desd la campaña electoral se profundiza en el electorado potencial la idea de acceder a aquello que, en la teoría dualista de Bruce Ackerman se conceptualiza como una política superior, con alto contenido movilizador e identificador
Dentro de esta perspectiva, la política adquiere la primacía, alcanzando un estatuto autónomo frente a los factores económicos. Y en tal sentido, la búsqueda de una nueva constitución debe asumirse como el resultado de un proceso que integra el conflicto social con un eventual compromiso político. Se va conformando así el escenario del "nuevo comienzo", dentro del cual emerge una constitución como el "indicador simbólico de una gran transición en la vida política de una nación"
Si bien es cierto que en las democracias occidentales las constituciones han sido los instrumentos limitadores de la democracia política, siempre jugaron el rol de símbolos de ruptura o de reafirmación, con alto valor significativo para el destino de la comunidad. Dentro del proceso constituyente venezolano, la constitución alcanzará el punto de inflección en la transición que va del antes al después, de modo tal que el pueblo encontrará en aquella los principios que reafirmaarán su protagonismo político. Así, la autoridad del nosotros, el pueblo constitucional surge para reorientar a la sociedad hacia un "volver a empezar" que acabará con las frustraaciones y desencanto del pasado.
El "nuevo comienzo" se consagra así como el reflejo de la voluntad popular que entra de este modo en lo que Ackerman ha denominado escenario triunfalista, en el cual se hacen evidentes las raíces cultural-religiosas:
"El escenario triunfalista estándar tiene sus raíces culturales en las religiones semitas. El judaísmo, el cristianismo y el Islam dividen el tiempo cronológico en un antes y un después, y se concentran en en las actividades de grandes líderes revolucionarios –Moisés, Jesús y Mahoma-, quienes movilizaron a sus seguidores para lograr un decisivo avance en la búsqueda de significado colectivo. Esta comprensión positiva de un nuevo comienzo fue luego secularizada durante la Ilustración, particularmente por los revolucionarios norteamericanos y franceses cuyo objetivo era lograr una ruptura análoga en el mundo del significado político.
En la historia constitucional latinoamericana, la voluntad abstracta del nuevo comienzo se impone cuando el "nuevo líder" o "jefe máximo", según los casos, se autoconsidera el portador del cambio significativo que se expresa bajo la forma de un "comenzar de nuevo" –fundación de la república, restauración legitimadora, fundación de la democracia, etc.- que precisa de un líder necesario. Si esto ha caracterizado unos cuantos proyectos políticos en los siglos XIX y XX latinoamericanos, el hecho se reproduce en Venezuela con el ascenso al poder de Chávez.
La constitución será presentada en la campaña electoral del 98 como el poderoso símbolo de identidad nacional y compromiso democrático. Y todos los esfuerzos oorientados hacia el referéndum de Abril (establecimiento de las bases electorales del proceso constituyente) y a la elección de los constituyentes en Julio, estuvieron decididamente volcados hacia la constitucionalización del carisma del líder
El chavismo como movimiento carismático
De acuerdo con la sociología weberiana del carisma todo líder carismático tiende a encarnar su liderazgo mediante un movimiento. En unu conocido texto de Max Weber encontramos que: "La entrega al carisma del profeta, del líder guerrero o del gran demagogo en la ecclesia o en el parlamento significa, desde luego, que el líder es consideraado conductor, "llamado" o "elegido" de los hombres, y que éstos se someten a su dirección no por costumbre o por obediencia a la ley, sino porque creen en él. Y él, por su parte, vive dedicado a su causa, a su "obra" si no es un mero arribista vanidoso que aprovecha las ventajas del momento. . Aunque tales movimientos no pueden sostenerse indefinidamente, en no pocos casos logran burocratizarse bajo la forma de partido. Este no ha sido el caso de Fujimori en Perú, quien prefirió apoyarse en la fuerza armada, constituida en el auténtico party government del fujimorismo. O también puede dar lugar a una constitucionalización del carisma, cuando la constitución se convierte en el acto ritual del nacimiento del nuevo poder, de la nueva república, como ha ocurrido en unos cuantos países latinoamericanos –Ecuador, Brasil, Bolivia, Chile y Paraguay- en los comienzos de la transición postautoritaria.
En el caso venezolano, alrededor de cuarenta años de democracia bipartidista no constituyeron precisamente una época de ruptura, que no sea contra el pasado autoritario militarista, sino más bien a la larga habría producido una situaación de "fatiga cívica" y de desencanto democrático. Los dos principales partidos se habían desgastado en el poder y ya a principios de los 90 habían perdido una hegemonía que en un largo período de tiempo funcionó como una suerte de duopolio partidocrático. Así, la corrupción sistemática del aparato burocrático y de la autoridad judicial había provocado unas cuantas heridas y resentimientos en una población que en su mayoría se encontraba desprovista frente a la riqueza proclamada por un Estado enriquecido por la renta del petróleo.
La condena o rechazo de este antes democrático comenzó a dar sus frutos cuando los dos principales candidatos extrapartido se perfilaban arriba en las encuestas (primer semestre del 98). El descalabro bipartidista era así manifiesto en la incapacidad de presentar candidatos propios. De modo tal que la dimisión bipartidista ya era transparente en los resultados electorales del 8-Noviembre, cuando se confirma el avance nacional y local de terceras fuerzas. El movimiento V República (MVR) sale entonces fortalecido, tanto más que el candidato presidencial victorioso en Diciembre provenía de sus filas, convirtiéndose así en el portaviones de un buen número de partidos minoritarios integrados en el así llamado Polo Patriótico.
Esta alianza variopinta, conocida desde entonces como el chavismo , se ha mantenido unificada a pesar de las diferencias profundas que deberían separar a una militancia civil políticamente emergente de un personal militar sin experiencia política. Si nos proponemos buscar una explicación, topamos necesariamente con la personalidad carismática del líder del movimiento: el chavismo ha sido desde siempre y se mantiene como un movimiento carismático de corte weberiano y, como tal, su influencia estará marcada por la provisionalidad.
La necesidad de permanencia impulsará desde sus orígenes al movimiento en su búsqueda de un elemento aglutinador y de fuerte potencial simbólico. La constitución será para los actores políticos emergentes ese símbolo cultural del nuevo comienzo político. De modo tal que el proceso que arranca con la elección presidencial del 6-Diciembre contará con dos motores: 1) el carisma presidencial y 2) la paulatina desaparición de la oposición partidista.
El carisma del presidente se alimentará con la ilusión populista que ha cobrado fuerza con el declive profundo de la partidocracia que, debido al desdibujamiento de los dos principales partidos, pasa a formar parte de la así proclamada "revolución pacífica". La pretensión de una constitucionalización del carisma se afirmará, por consiguiente, con la convocatoria y participación popular en el referéndum. Y la amplia mayoría emeverrista en la Asamblea Nacional Constituyente le asegurará al presidente carismático la posibilidad de imponer su acentuada vocación autocrática en el texto constitucional. Asimismo, una alta popularidad del presidente en las encuestas de opinión habrìa contribuido en el debilitamiento de las instituciones "puntofijistas": parlamento, sindicatos, cámaras empresariales y hasta la Iglesia aparecerán en el referéndum aprobatorio del 15-Diciembre como los últimos derrotados de la "vieja política".
Si bien es cierto que en el discurso de Chávez encontramos el vocabulario tradicional del populismo latinoamericano, su ideario político no se reduce en modo alguno a "lo que el presidente dice" sino que se extiende al campo de las actitudes, en tanto predisposición a actuar en una forma determinada frente a las diversas situaciones. Así, la condena de los cuarenta años de "democracia corrupta", por ejemplo, se inscribe dentro de una proclamaciòn general y abstracta de "refundaciòn de la democracia". De esta manera, Chávez y el chavismo realizarán una gran inversión de capital simbólico en la nueva constitución, cuyo texto habría de significar para Venezuela el final de la hegemonía partidista.
Un lugar de privilegio en la ideología del nuevo comienzo ocupa la retórica violenta del oficialismo destinada al desmasntelamiento del campo enemigo. La retirada de este último y el carácter pacífico del desplazamiento de la tradicional clase política se refleja en el nivel de autoexclusión alcanzado por lo que queda de una clase media apolítica y desmovilizada.
En la medida en que la clase media empobrecida ha encontrado refugio en el movimiento chavista, la gran masa popular –incluyendo en ésta a la marginalidad- que tradicionalmente estaba alineada en el voto bipartidista, adhiere al nuevo presidente como su jefe natural.
Lider máximo o jefe único
En la historia política latinoamericana, el surgimiento de un líder en el seno de la élite revolucionaria ha sido un fenómeno recurrente.Y si a ello agregamosel hecho de que a menudo se trate de militares, la imposición del mismo siempre ha sido causa unos cuantos traumas y vicisitudes. Así, Getúlio Vargas en los 30, Juan Domingo Perón en los 40 y Juan Velasco Alva rado en los 60, todos ellos de extracción miltar, se contituyeron por algún tiempo en los portadores naturales de la reivindicación popular frente al dominio de las oligarquías tradicionales. En la Venezuela de los 90,la experiencia chavista parece de nuevo cuño, porque si bien es cierto que que el viejo populismo se reedita en diversos contextos, sufre una cierta metamorfosis. De aquí que se haya observado hasta que punto el viejo populismo no ha sido otra cosa que "una forma de liderazgo muy personalizada que emerge de una crisis institucional de la democracia y del Estado, de un agotamiento de las identidades conectadas con determinados regímenes de partidos y ciertos movimientos sociales, de un desencanto generalizado tras la crisis de la <<década perdida>>" Algo que en nuestros días se ha complicado debido a los cambios sociales que han operado significativamente en la composición de masa anómicas y desmovilizadas.
El líder o jefe único se mantiene, pero cambia su relación con la masa popular. De aquí que el así denominado neopopulismo , a diferencia del populismo clásico, corresponda a: "sociedades anómicas a la merced de gobiernos autoritarios e instituciones, social y políticamente fragmentadas a la deriva, sin capacidad de representarse políticamente" En todo caso, el neopopulismo combina elementos de dominaciòn y de maipulación de las clases populares con experiencias part cipativas que incluyen un alto contenido identificador. En tales circunstancias, el jefe siempre será "único" e insustituible. Su poder no se delega ni en situaciones excepcionales y su carisma se constituye en una amenaza permanente para la democracia.
La capacidad del líder para ponerse delante de una fuerza organizada (partdo o movimiento) es sobrepasada con frecuencia por su identificación con la masa del pueblo sin mediaciones ni intermediaciones. Tratándose de un jefe militar-desdeñoso hacia la política civil normal- , la intención permanente a concentrarlo todo parecerá natural. Ello le da el carácter de jefe único, induciéndolo a preferir las formas plebiscitarias de la democracia.En América Latina esta propensión del líder carismático ha sido canalizada hacia la reafirmación del tradicional presidencialismo.Así, el conflicto que se establece con los parlamentos que escapan a su control es la fuente de desequilibrios y de inestabilidad. El liderazgo populista carismático resulta, por consiguiente, reacio a las formas de la competición democrática y tiende a personalizar todas las acciones y decisiones gubernamentales. Así, un discurso maniqueo, inscrito dentro de la lógica amigo/enemigo, divide el campo político, tanto más que las estrategias dominantes incorporan posturas morales y éticas excluyentes.
Si la política de adversarios es una condición esencial para el funcionamiento de la democracia, la misma es sacrificada en el altar del ritual populista carismático.Trátese de estrategias electorales para alcanzar el poder o de prácticas gubernamentales efectivas, el adversario siempre será el enemigo a vencer o a eliminar en la lucha política, tanto más que la popularidad del líder se va independizando de su política pública. Neolibeal o estatista, la política económica apenas compromete el nuevo liderazgo carismático que, al parecer, está más vinculado con la cultura política (símbolos, acciones portadoras de significado, cambio de valores, etc.
¿Un posmodernismo periférico?
En su estudio sobre el menemismo, José Nun ha puesto en relación directa los cambios sociales con la representación política dentro de los que él denomina un "posmodernismo periférico". De modo tal que los grandes articuladores de intereses en nuestros días canalizan el creciente desencanto de los ciudadanos con la política, tratando siempre de poner el énfasis en el antagonismo básico entre los intereses del pueblo y los de los usufructuarios del poder estatal en el pasado. Se inicia así un oproceso de personalización de la representación, originando con ello la pérdida de relevancia de los clivajes ideológicos y de los programas políticos. En circunstancias tales que, para fines de explicación, la "oferta electoral" personalizada resulta más decisiva que las características sociales del electorado.
Nun advierte que el fenómeno de la personalización del poder y de la representación constituye una tendencia que se ha ido imponiendo en los países democráticos: tanto las campañas electorales como el ejercicio del gobierno se centran cada vez má en la persona del líder.
Por su parte Bernard Manin ha observado el hecho de que esa personalización obedece a dos principales causas:
"Primera, los canales de comunicación política afectan a la naturaleza de la relación representativa: mediante la radio y la televisión, los candidatos pueden, de nuevo, volverse a comunicar directamente con sus circunscripciones sin la mediaación de la red del partido (...) Segunda, el creciente papel de las personalidades a costa de los programas es una respuesta a las nuevas condiciones en las que los cargos electos ejercen su poder (...) A los candidatos les resulta más difícil efectuar promesas detalladas: los programas que así lo intentaran se convertirían en torpes e incomprensibles"
La personalización del poder político va de par con el creciente deinterés de los ciudadanos por la política, fenómeno que ha provocado la generalización de la antipolítica y de la apatía. Los ciudadanos comunes nunca estuvieron más distanciados de la élites y la respuesta del líder populista no ha sido otra que la de escoger entre los outsiders sus más cercanos colaboradores. Los partidos y las élites ,particularmente la clase política,deben ser desplazados por el pueblo en movimiento tras su líder. Esta parte del ritual pasa a formar parte del mito fundador del nuevo comienzo.
Ahora bien, una asociación del fenómeno de la crisis actual de la representación con el mayor espacio del que gozan las formas menos institucionales y más personalizadas de la participación aparentemente son el resultado de las nuevas condiciones de la posmodernidad caracterizada por el avance de un fenómeno recientemente destacado por algunos autores: la individualización. Así, dentro de su tesis sobre la reinvención de la política, Ulrich Beck ha observado: "<<individualización>> significa la desintegración de las certezas de la sociedad industrial y de la compulsión de encontrar y buscar nuevas certezas para uno mismo y para quienes carecen de ellas. Pero también significa nuevas interdependencias, incluso interdependencias globales. La individualización y la globalización son, de hecho, dos caras del mismo proceso de modernización reflexiva"
En efecto, los cambios institucionales en las democraacias occidentales parecen más determinados por la ampliaición de los espacios de la acción individual o agencia (Giddens) que, cuando incursiona en las decisiones políticas produce lo que Beck denomina subpolítica -que otros asumen como el fin o extinción de la política- y que consiste en el renacimiento de la subjetividad política, fuera y dentro de ls instituciones. En otras palabras, como nunca antes asistimos hoy a la lucha por una nueva dimensión de lo político, inscrita dentro de un proceso de radicalización de la modernidad.
Dentro de este proceso, los agentes individuales, que se habían mantenido externos al sistema político, comienzan a aparecer en el escenario del diseño social, compitiendo con los agentes sociales y colectivos en la configuraación de campos alternativos de la política. Aparentemente, esta subpolitización de la política significa también el surgimiento de nuevas posibilidades de configuración de la sociedad desde abajo. Desde el punto de vista de las élites ello implica una retracción o estrechamiento de la política.
De hecho,en la política de nuestros días –las luchas elctorales y el funcionamiento del gobierno- asistimos a una suerte de desinstitucionalización que vincula la acción política con proyectos de vida personales.Así, la confrontación se instala en espacios que escapan a la política institucional: refundaación de los sistemas de lealtades que se expresaban bajo la forma de prácticas clientelistas identificaadas en el pasado con el populismo. No se trata entonces de un "retorno del populismo" y menos aún de "persistencia del populismo". En la medida en que el proceso marca una transición hacia formas alternativas de hacer política, deberíamos profundizar en la hipótesis de una posible y viable democratización reflexiva que ha permitido el desplazamiento de los lugares formales de la decisión política e incluso cambios en la naturaaleza misma de los conflictos. De modo tal que si admitimos la tesis de una segunda modernidad, más reflexiva, es preciso reorientar nuestros enfoques hacia el tratamiento más detenido del cambio político que actualmente integra los cambios en la sociedad, en el sentido de vida y, en fin, en la calidad de la democracia.
El fenómeno chavista constituye para nuestras ciencias sociales todo un desafío que implica más allá de los tradicionales enfoques del populismo. Trátase de un fenómeno el el que no debemos esperar que los principales actores est`´en concientes de su rol social y menos aún de los alcances de su acción. Así, el lugar simbólico de la constitución y del proceso constituyente podría marcar el final de una época que se resiste , en la que la vieja política sigue cumpliendo su papel frente a un movimiento social en ciernes, más dependiente de lo que se podría pensar de los cambios que operan en la modernidad.
Mérida, Enero del 2000
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-"Viejo y nuevo: Las transformaciones críticas de la política en América Latina" (en prensa)
Weber, Max, El trabajo intelectual como profesión, Barcelona, Bruguera, 1983
Alfredo Ramos Jiménez
Centro de Investigaciones de Política Comparada
Universidad de Los Andes